
La actividad veraniega no acabó en Montanejos. A los pocos días, seducido por la propuesta de José Luis, volvimos a quedar para escalar una vía que hace tiempo teníamos en el zurrón de las rutas pendientes: La nevera del Diablo (V+, Ae, 120 m.), en el sector Nevera, de Chulilla.

Se trata de una vía de artificial equipado, de estética muy antigua, de las que ahora apenas se equipan porque la búsqueda del libre las ha dejado como «cosas absurdas que se hacían antes». Incluso el artificial moderno que también busca la escalada limpia reniega de este tipo de rutas que no son más que hileras de chapas con parabolts de 12 mm (gracias al reciente reequipamiento de Dani Ponce y amigos), antes buriles, por paredes lisas y techos cortados a cuchillo, por muros que no dejan una sola cicatriz para los modernos friends y empotradores ni suficientes presas para ser rutas de escalada libre o deportiva, ni siquiera del grado más duro conocido.

Sin embargo, para algunos tarados como José Luis y yo, son hipnóticas, son unas rutas que ofrecen practicar de modo razonablemente seguro, pero esforzado, el baile absurdo de los estribos. Son líneas que permiten surcar techos completamente horizontales, lisos, marmóreos, sintiendo el vacío bajo nuestros pies.

Una diversión estupenda empapada de esfuerzo gratificante porque, estirarse en los peldaños para llegar a la siguiente chapa y tratar de llevar una dirección concreta sin el apoyo de la pared, colgando como un chorizo del techo y con los estribos girando a su aire, resulta agotador.

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